“Oíme, encontré el mundo”, le dije. Me miró con el ceño fruncido. No pude dilucidar si era confusión o miedo de que yo hubiera perdido la cabeza. No venía al caso, así que continué:

“Te lo juro, lo encontré. Tanto que lo quise conocer, me vino a buscar”.

Definitivamente estaba confundido. Seguía mirándome sin responder, pero en medio de su gesto, divisé una mueca a punto de convertirse en sonrisa. Claro que sí, él también lo había sentido. 

Él también había visto el mundo colgando del hilo de la percepción:

en la mariposa sobre la flor;

en el suspiro que le arrancó el paisaje cuando llegamos por primera vez juntos a la cordillera;

en la gota de lluvia suspendida en la punta de la hoja del sauce,

en la carcajada que largué esa tarde al lado del fogón;

en el fucsia brillante de los lupinos que nacen en la esquina de casa;

en el contacto de mi pie con el suyo en las noches;

en el vuelo del cóndor que nos cruzamos camino a esa cumbre;

en el rayo de sol que atravesó el bosque y me dio justo en el cachete helado por el viento sur. 

No es lejos o cerca. No es mucho o poco. No es adentro o afuera, allá, del otro lado de la Tierra.

Es el mundo, acá, contenido en la densidad del instante.