“Gustos son gustos, dijo una vieja y se sentó arriba de un hormiguero”. Así decía mi papá cada vez que peleábamos por si el helado de dulce de leche era más rico que el de chocolate. Si sos team chocolate, no te quiero ni escuchar.
Mi papá tenía gustos raros. Le gustaba viajar solo para manejar. Hacía 1500 kilómetros, llegaba, se comía un asado y al otro día se volvía. Nunca supe por qué, pero él ponía sus CDs del Chaqueño Palavecino, otro gusto que jamás entendí – y los chistes de Cacho Buenaventura, y allá iba.
Le gustaban los lugares sin ventanas. Se había hecho un cuarto al fondo de mi casa que no le entraba ni un rayito de luz. “La piecita” como él la llamaba, estaba justo al lado de una cocina que había instalado en el patio, porque le gustaba cocinar afuera, pero no hacer asado, porque le molestaba el viento patagónico y el humo. “Te hago asadito”, me decía, y prendía el horno: otro insulto a las artes culinarias y mi amor por la comida.
Fue a Jesus María muchos años seguidos, todas las noches, solo como loco malo. Y temprano. A ver cada uno de los jinetes y cada uno de los shows.
Usaba camisas a cuadro y boina. “No papá, no”, le decía cada vez que se vestía y me preguntaba si estaba bien.
Amaba los relojes, y las piedras, y tenía un amigo que tenía una relojería y vendía piedras preciosas. “Dios los cría y el viento los amontona”, dicen por ahí.
Mi papá, una vez, en medio de sus idas y venidas con sus gustos raros, se compró una Traffic. Estaba impecable. Tenía toda la caja cubierta con nylon y colchonetas, porque su dueño la usaba para transporte y no la quería marcar. Mi papá la compró para armar un motorhome. La cortó por todos lados y le puso miles de tornillos.
Yo estaba fascinada. Mi papá estaba cumpliendo un sueño que yo creía mío antes que suyo. Y aunque le compró una colcha verde esmeralda para la cama, cosa que yo no hubiera hecho jamás, el día que la terminó, me sentí orgullosa de que él fuera mi papá.
Cuando el dueño anterior de la Traffic vio lo que mi viejo le había hecho a su reliquia, casi se muere. Hasta dejó de saludarlo cuando se lo cruzaba por el barrio. “Vos estás loco, Gringo”, le dijo, “cómo te va a gustar cómo quedó eso. La hiciste mierda”.
Nada de lo que hacía ni compraba mi papá, coincidia con mis preferencias. Excepto la traffic, que era su hormiguero, y el mío.
Gustos son gustos, y un poco gracias a ese que tuvimos en común con papá, llegó la kombi a mi vida. Y aunque nunca pudimos comer helado de dulce de leche juntos, sí pudimos compartir el brillo en los ojos cada vez que nos contábamos las aventuras ruteras.
Gustos, sin duda, son gustos.
