Ya no entro en lo que me rodea. Mis raíces se extienden y están rompiendo la maceta.
No me veo en mis cosas. Quiero vestirme y no encuentro qué ponerme. Las paredes percudidas de mi casa me dan vergüenza. El sillón manchado por el tac-tac incesante de la gotera que cae del techo, más que ganas de domingo y abrazo, me revuelve el estómago. Los 15 metros cuadrados de mi cocina se sienten más ajustados que el jean que uso con el botón desprendido después de comer.
¿Qué se hace con lo que fue una conquista y hoy, se siente mediocre?
La matrix viene con delay. Pero la mujer en la que me he convertido quiere más.
Oscilo entre la incomodidad de admitirlo y el fastidio por todavía no poder darle cuerpo a esa ambición. Hablo en el espejo y le explico a esta nueva yo, que la cuenta bancaria también se quedó un poco atrás, que ya viene, que tenga paciencia.
De chica, tuve todo. Mamá jamás me hizo sentir la falta. Hubo juguetes, viajes, comida, libros, y un hogar cálido, aunque siempre bajo el lema “lo justo y necesario”. Todavía escucho su voz dulce y alegre diciendo que la plata y las cosas materiales no le importan. ¿Por dónde se cuelan los discursos que nos amarran las alas cuando crecemos?
La historia cambió. Es decir, la cambié. Encontré la grieta.
Estoy por salir a comprarme un pantalón, manejando mi propio auto en una ciudad que no conozco, con dinero que gano gracias mi negocio. Abro el pecho, camino más erguida y muevo más la cadera. Es un día importante: algo en mí, dejó de esperar.
