Mamá guarda todo. Jamás entendí para qué todavía tiene los peluches que yo usaba para dormir cuando era bebé. No sé si serán los +30 o la nostalgia de estar lejos, pero las últimas veces que viajé a visitarla, pasé horas revisando cajas.

La última requisa fue hace unos meses. Venía de una crisis de “noséquéhacerconmividaprofesional” que había durado muchos inviernos patagónicos, y fui a buscar en el abrazo de mamá, un poco de sol.

Me senté en el piso del living blanco y luminoso de su casa, rodeada de todas las cajas y las fui abriendo una por una. Cada cosa que sacaba me emocionaba, pero no quería dar el brazo a torcer. Venía invicta en la ocultación estratégica de la nostalgia, hasta que encontré un toquito de fotos mías, todas sacadas por papá en sus años de fotógrafo: en una, estaba bailando; en otra, pintando; en otra, cantando una canción para el día del maestro en la escuela; en otra, escribiendo mientras me sostenía la cabeza con la otra mano, en un gesto que revelaba mi necesidad ingenua de sostener el mundo, y relatarlo para que pesara menos.

Lo próximo que saqué, fue una pila de 5 centímetros de alto, de papeles escritos a máquina de escribir. “Había una vez, un príncipe llamado Eric”, empezaba la primera historia. Recorrí esas hojas de cuentos sin final y agradecimientos a la tierra, como quien engulle los primeros bocados del postre que no podrá terminar, hasta que se me nublaron las líneas. 

Levanté la vista y mamá estaba apoyada en el marco de la puerta ventana que da al jardín, con los brazos cruzados. Me miraba fijo, con la cantidad de lágrimas en los ojos, proporcional a los años que había estado esperando que yo encontrara el tesoro oculto en esas “acumulaciones innecesarias”. 

Se acercó a mí, se puso en cuclillas como solía hacer cada vez que tenía una verdad que revelarme, y me dijo: “Yo siempre lo intuí. Es hora de que termines esos cuentos”.

Estuve empachada de etiquetas y profesiones que por momentos, me llenaban los bolsillos, pero no el alma. Menos mal que mi definición de “buen pasar” incluye al alma. Y al alma, como dice mi querido Lisandro, hay que darle de comer.